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No me gusta la palabra «esperanza», lo confieso. Me incomoda porque, per se, apela a «ese algo», que, relacionado con el ánimo, surge cuando algo se presenta como alcanzable . Y yo, qué quieren que les diga, últimamente con según qué temas no me siento muy esperanzada.
Soy más de la corriente del «optirrealismo» o lo que es lo mismo, mostrarme optimista -cuando procede- con la información de la que dispongo. Y créanme que ante la violencia machista y la radicalización de las posturas en un amplio sector de nuestros jóvenes, no me mostraba -pretérito imperfecto- yo muy esperanzada. Y motivos no me faltan.
Miren.
Un amplio espectro de nuestros jóvenes, según datos recogidos en el informe Juventud en España 2024, son «más negacionistas, menos feministas, menos identificados con la igualdad de género y más polarizados políticamente». Yo no sé a ustedes, pero, a mí, el cuerpo se me queda helado. Tengo la sensación de que hay una parte significativa de la juventud que anda más perdida, sencillamente porque no tiene memoria. Y la ausencia de memoria acaba con el miedo a perder derechos y obligaciones que nos han costado -literalmente- la vida.
¿Miedo a qué?
A que se normalice lo innormalizable. A que se banalice, parafraseando a Hannah Arendt, el mal. A que se justifique la violencia o a que se «domestique» tras los infranqueables muros del hogar. La violencia, digo. Y a que demos por «buenas» todo tipo de prácticas, solo porque aspiran a reproducir los comportamientos del porno que «rula» por Internet y por las redes sociales, a «golpe de click».
Por eso, no me siento cómoda con el término «esperanza». Porque para que, de verdad, podamos erradicar y reconducir esta radicalización hace falta algo más que un chispazo de suerte. Hace falta conciencia. Pedagogía. Cultura de la igualdad. Identidad. Y sentido de pertenencia.
Hacen falta «huevos» como los de Samuel López Jurado, un chico que, a sus dieciséis años, ha conseguido animarme a creer que aún hay tiempo. Y que, a la vez, no hay un solo segundo que perder.
Con algunos grandes desafíos como la igualdad o el cambio climático, llevo tiempo preguntándome «qué hemos hecho mal o qué no hemos hecho» para que un gran sector de nuestra juventud se esté polarizando y se esté dejando seducir por discursos y propuestas tan populistas como indeseables -dicho sea de paso-.
Hoy sé que el gran problema es que estamos ante una juventud desesperanzada ávida de respuestas y soluciones realistas. Un amplio sector de la juventud que, además, nos culpa de este mundo que les estamos dejando. Una generación que habla otro idioma y otro código que nosotros no entendemos ni siquiera un poco.
Y así, ¿qué quieren que les diga? Es fácil radicalizarse y perder la esperanza. Lo verdaderamente difícil y valiente es denunciar la injusticia. Hacerlo con dieciséis años, ni les cuento.
Por eso, del joven Samuel López Jurado admiro su coraje y su sensibilidad para denunciar la existencia de eso que «parece una cárcel, él la llama amor». Admiro que le haya echado tantos «huevos», que haya alzado su voz y denuncie la existencia de tantas y tantas jaulas de cristal. Admiro que, a su edad, como la delicadeza de sus «mariposa» se anime a poner blanco sobre negro y a devolver algo de esperanza a quien un día, como yo, la debió dejar olvidada en algún lugar del camino.
Raquel Paiz
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